“Algunos se extravían por necesidad, porque para ellos, en realidad, no existe un verdadero camino” Thomas Mann
Por más que me haya gustado mucho, no voy a hablar sobre la factura técnica de Apatía. Tampoco sobre el tipo de cámaras que utilizaron. Al equipo de producción simplemente: felicitaciones.
Me interesa mejor contar algo que también me llamó la atención de la película
¿Quién no ha soñado con un viaje entre amigos en el que nada está asegurado? Quizá a muchos les guste tener todo resuelto y la aventura no sea el ingrediente mas llamativo.
En Apatía, unos amigos, con intenciones distintas cada uno, deciden montarse en un viejo jeep a buscar algo en el norte del país. Esta no es una amistad vacía de complicidades monótonas o falsas. Una amistad trivializada sería aquella en la que se fueran estos amigos de la mano hasta la playa en el caribe para recibir esa sorpresa que ninguno tiene prevista.
No me sorprendería que la crítica moralista acuse a Apatía de no presentar una historia en favor de los valores morales. Creerá esa mirada obtusa que las drogas no hacen parte de este mundo. No podemos reducir el horizonte de expectativas a la falsa consigna según la cual todas las películas deben hablar bien del país y pintarnos pajaritos de colores como si el arte fuera hoy en día el modelo del “deber ser”.
Mucho menos debemos esperar que la ficción nos relate con el sigilo de la argumentación histórica los detalles de las problemáticas de nuestro país. Habrá quien diga: en Apatía se refleja el mundo de los esmeralderos, el impacto de la heroína en la sangre de los jóvenes adictos del mundo y su desesperanza. Pero esas serían apreciaciones un poco injustas con la historia de la película. El trasfondo no es el exceso ni la ambición, esos son apenas algunos de los condimentos que funcionan como accesorios de la historia que mueve a cada uno de los personajes.
Lo que más me llamó la atención fue la historia de un amor al que le han puesto muchas trampas de todo tipo y al que aludí tangencialmente en este poema.
Ahora, por favor: no le pidamos a las películas que nos cambien el mundo mostrándolo como no es. Y tampoco esperemos de ellas que sean un espejo exacto de la realidad. La caricaturización de algunos de los personajes es un recurso de estilo necesario en esta historia y alude a la necesidad de burlarnos de los lugares comunes en el imaginario popular. Y el efecto es el esperado porque nos cuestiona sobre el lugar común con el que se suele dar sostenibilidad a los clichés para reducir de sentido a la realidad y a todo lo que nos pasa; quizá para hacer que las cosas sean más comprensibles.
El título mismo cuestiona la habilidad del cliché como reductor de sentido. Ser apático no es desinteresarse, como se ha creído. Bien lo rescata la sentencia que en esto nos ayuda a aclarar esa reducción: “la apatía no es que no importe sino que no duela”
Apatía no es una apología de las drogas y del exceso. Al menos así no la leí yo. Apatía es una película de la amistad y del amor. Obvio, no del amor rosa. Para ese ya hay mucho cine en el mercado. Acá está el amor de la ausencia, el verdaderamente romántico.
Porque ¿qué otra cosa sino el amor es capaz de movernos hacia viajes “imposibles”?







