Por: Ana Milena Bustamante

Ese domingo me levanté de su cama (nuestra cama, como la llamamos entre juegos), me vestí rápida y silenciosamente. Salí sin que nadie más se percatara de mis pasos, abandonando a mis espaldas el aroma a aceite y avena, el tibio calor de la compañía, la música que oímos sin escuchar, y uno que otro suspiro olvidado entre los otros miles de elementos que hacen de ese lugar mi paraíso. Nuestro paraíso.

Apoyada en la ventana del frío transporte que me devuelve a la realidad, pienso que al final todo, siempre, vale la pena. Las dudas e incertidumbres que parecen intensas y prolongadas en el transcurrir de las horas semanales se diluyen entre los abrazos y los besos que el fin de semana trae consigo. No son tan graves después de todo, me digo, mirando la ciudad por el cristal.

Es increíble la facilidad con la que unos ojos pueden hacerme olvidar que el efecto del sedante amatorio nunca alcanza para toda la semana. Ya es martes, y la impaciencia toma su lugar cómodo y privilegiado en mi cerebro, mientras intento inútilmente quitarla a empujones con las manos llenas de imágenes y recuerdos viejos, oxidados, desgastados en su monocromía. Entonces pienso de nuevo, esta vez con más fuerza: no es tan grave.

Ahora es jueves, y el silencio del teléfono es aún más ensordecedor e insoportable de lo que sería su sonido. La rutina que no sabe a rutina ha seguido su curso, y ahora, como cada jueves, las dudas se cansan de hablar y comienzan a gritar. Emanan alaridos delirantes que golpean cada vez con más fuerza en mi sentido del equilibrio.

Su silencio ya no sabe a prudencia, sino a crueldad. Sus evasivas ya no tienen sabor a responsabilidad, sino a indiferencia amarga y putrefacta. Las horas ya no tienen el dulce sabor de la espera, sino el picante mortal del abandono que destroza mi paladar con cada bocado. Como cada semana, y como nunca, siento que ha sido suficiente, que ya no puedo más. La duda se come a mordiscos cada parte de mi ser al mismo tiempo que los recuerdos con los que golpeaba la impaciencia se vuelven contra mí con odio venenoso.

Sus besos queman y sus caricias hieren cuando las recuerdo, y parece que la asfixia de la ansiedad finalmente cumplirá su objetivo y hará que pierda la consciencia.

Pero hoy es jueves. Mañana empieza el fin de semana y podré tomar de nuevo un poco del sedante amatorio que le pondrá fin a la agonía. El domingo me vestiré silenciosamente y saldré sin ser vista, pensando una vez más que todo valió la pena.

Me levanto con dificultad, pero la asfixia se ha ido. Ahora respiro con tranquilidad y salgo a caminar con la cabeza en alto, los ojos grandes y la sonrisa deslumbrante a causa del auto sedante mental que acabo de aplicarme.

No es tan grave después de todo, me digo entre risas fingidas. Nunca lo es.

Blog de Ana: lamanchamonocromatica.blogspot.com

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